Nací en 1977, ellos ya llevaban 9 años matando. Una de las primeras imágenes en televisión que recuerdo son las del atentado de Hipercor en Barcelona. Despúes se sucedieron muchas, pero formaban parte de la cotidianeidad. Ahora me parece extraño como podíamos alternar con total normalidad entre la ternura de los dibujos animados de Jackie y Nuca y la crueldad y dureza de las noticias de atentados terroristas. La misma normalidad de los desalojos en el cole por avisos de bomba, o los cierres de las calles del barrio cuando el coche bomba en la Plaza España o el asesinato de dos policías en la Diagonal.
Crecí con ellas y maduré con y por ellas. Porque en cada momento importante en mi vida puedo asociar un atentado, un sentimiento, una reacción relacionada con el terrorismo de ETA. Recuerdo el asesinato de Ernest Lluch, como compartí lágrimas con mi padre la mañana en que me despertó para ir a trabajar y, mientras tomábamos juntos el primer café, me daba la noticia. Las manifestaciones para pedir la liberación de Miguel Ángel Blanco con mis compañeros de JSC Barcelona. La primera vez que fui a Euskadi, a la manifestación en repulsa del atentado a Eduardo Madina, la conmoción al vernos escoltados por hertzianas y los sentimientos durante y después del recorrido: el dolor contenido, las caras de tantos ciudadanos y ciudadanas de Bilbao que nos acompañaban y que tanto querían decir, las lágrimas de sus compañeros, el rumor de los gritos de los abertzales que se agrupaban en las calles colindantes, el estupor de no alcanzar a entender porqué no podía llevar pegatinas de JSC en el metro o tenía que salir en todas las portadas de los periódicos del día siguiente encabezando la manifestación porque los compañeros de El País Vasco era mejor que no lo hicieran…..
Son tantos y tantos recuerdos los que ayer se agolpaban en mi cabeza que aún hoy no soy capaz de ordenarlos. Y tanta y tanta gente de la que me acordé: de los conocidos como Ernest, Miguel Angel, Tomás y Valiente, Gregorio Ordoñez y sus familias. Peró también de los anónimos como Edu, un compañero de trabajo al que se le quedó ciego un sobrino por jugar con un juguete que se dejaron en el bar de su abuela y contenía un artefacto explosivo. Y de los amigos: Leire, Eduardo, Roberto, Izaskun, Lentxu y Yolanda…. Cuantas y cuantas conversaciones acerca de su vida, de lo que suponía la amenaza constante, de vivir con escolta y no tener nunca intimidad.
Por todos ellos y por todos nosotros, en definitiva, la sociedad española tiene la oportunidad de demostrar su madurez. Y la política española está obligada a dejar a un lado las elecciones del 20-N y estar a la altura de las circunstancias. No hay que perder la memoria pero debemos consolidar nuestra democracia y el Estado de Derecho. Son 43 años y demasiados sacrificios para que los dejemos perder por intereses que en ningún modo están por encima del interés general, y que hoy no es otro que la PAZ y la CONVIVENCIA.
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